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Revista electrónica de información para padres de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap)

No sin mi osito. (El objeto transicional)

Mª Concepción Moliner Robredo. Pediatra de Atención Primaria. CS San Fernando II. San Fernando de Henares. Madrid.

Peluche, osito, mantita…ese objeto tan querido para algunos niños, que es imprescindible en algunos momentos de su vida, es lo que se llama objeto transicional. Pero ¿qué es?, ¿qué significado tiene?

El término objeto transicional (OT) hace referencia a un objeto material en el cual el niño deposita apego, y tiene funciones psicológicas importantes, ya que suple ciertas funciones de la madre cuando ésta está ausente, constituyendo una fuente de placer y de seguridad para el niño. La naturaleza de este objeto es muy variada: peluche, manta, trapito, juguete blando o duro, y suele poseer cierta textura, de modo que al bebé le parece que se mueve, que posee cierta vitalidad, una realidad propia, o que irradia calor. Pero su importancia está no tanto en el objeto en sí, sino en el uso que el bebé le da. D.W Winnicott (1896-1971), pediatra y psicoanalista inglés, describe y explica estos objetos que conocían todas las madres, pero que no habían recibido atención específica.

Pronto observamos que al recién nacido le gusta chupar o morder los puños o los dedos, pero, pasados unos meses, muchos bebés encuentran satisfacción en jugar con un peluche u otro objeto, generalmente ofrecido por la madre, que se convertirá en especial. Este objeto llega a ser casi imprescindible para el bebé en el momento de dormir, convirtiéndose en su OT.

También existen fenómenos transicionales (FT), como el parloteo o las melodías que el niño repite cuando se prepara para dormir, o movimientos de autoacariciamiento o balanceo repetidos. Estos fenómenos y los OT se sitúan en una zona intermedia creada en la relación madre-hijo, entre el mundo interno y subjetivo del niño y el exterior objetivo.

El OT, en general, aparece entre los 4 y 6 meses y puede persistir hasta los 8 o 12 meses, a veces toda la niñez, necesitándolo durante el momento de acostarse o en momentos de soledad.

La existencia de un OT demuestra la capacidad del niño para reconocer un objeto externo a él, creando e imaginando una relación afectuosa con dicho objeto. Porque el bebé ama, juega y deposita afecto en el OT, tiene un efecto sedante y es casi una parte inseparable de él, facilitándole la calma necesaria para conciliar el sueño. Aunque llegue a romperlo, no debemos cambiarlo, a menos que el propio bebé elija otro.

En un niño sano, en pocos años, el OT y los FT perderán significado según se van desarrollando progresivamente otros intereses como el juego, la creación, el arte, los sueños o los sentimientos religiosos. Lo transicional, pues, no es el objeto, sino la transición del bebé, de un estado en que se encuentra fusionado a la madre a otro más maduro, en el que se relaciona con ella como otra persona, separado de ella.

Lo más importante del OT es su simbolismo: representa el paso necesario de lo subjetivo a lo objetivo, durante una etapa del desarrollo en el que la madre o figura materna, si se adapta adecuadamente a las necesidades del hijo, permitirá que desarrolle esa zona intermedia entre realidad interna y externa, muy importante para el bebé.

La madre o figura materna es necesaria para que el niño pueda pasar de la ilusión y la dependencia absoluta de ella, a la realidad. Debe ir disminuyendo atenciones poco a poco, en función de la creciente capacidad del niño para surgir como individuo. Pero es imprescindible que, previamente, le haya ofrecido suficientes oportunidades de crear esa zona intermedia entre el niño y el mundo, a través de una adecuada crianza y una continuidad entre ambiente emocional y determinados elementos del medio físico como el OT o los FT, que, en aquellos niños que los tienen, son una ayuda para adaptarse a las pequeñas experiencias de frustración.

La tarea de aceptación de la realidad nunca queda terminada. En todo ser humano está presente la tensión entre realidad interna y externa, y el alivio de esa tensión lo proporciona esa zona intermedia de la experiencia, que persistirá en la vida adulta, en forma de actividades creativas como el arte, o espirituales como la religión.

Bibliografía
Realidad y Juego. D.W. Winnicott. Ed Gedisa, 1971.