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Familias, Pediatras y Adolescentes en la Red. Mejores padres, mejores hijos.

Revista electrónica de información para padres de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap)

¿Qué le ocurre a mi hijo? ¿Por qué sufre?

Consuelo Alcázar Rodríguez

¡Hola! Ante todo, quiero presentarme. Soy la mamá de Víctor, un niño precioso, querido, deseado y que es todo en nuestra vida. ¡Qué va a decir una mamá ¡ ¿No?...

Un día, cuando Víctor tenía seis años, nos comentó que quería tener un hermanito. Y, sin mucho tardar, llegó una preciosa niña.

Estaba súper ilusionado. No se perdió nada. Me acompañó a las ecografías, a elegir cosas para ella; le hablaba, le ponía crema todos los días, le dibujaba princesas,…Era un amor.

Cuando llegamos a casa, para nosotros, Víctor seguía siendo lo más importante; lo teníamos muy claro pero, aún así, debíamos dedicar tiempo a su hermanita.

Empezamos a observar cambios. Lo notamos más nervioso. No podía estar sólo. No prestaba atención a ninguna explicación que intentáramos darle para que se sintiera mejor. Lo veíamos sufrir por algo y no sabíamos por qué era. Incluso nos llamaron del colegio para comentarnos que no estaba centrado, que estaba muy distraído, que siempre era a él al que empujaban y le hacían cosas.

La verdad es que estábamos bastante perdidos ya que, hasta ahora, en general, todo lo achacaban a los celos. Pero nosotros no lo teníamos claro ya que, para Víctor, su hermana era lo primero y no notábamos nada que nos indujera a pensar que todo ese cambio era debido a dichos celos.

Enseguida empezamos a darnos cuenta de que, de manera incansable, se limpiaba la boca con las mangas y se producía en los labios enrojecimiento. A la vez, el lavado de manos era ya algo constante y, cuando le recriminábamos su comportamiento, nos decía que no sabía por qué lo hacía, pero no se daba cuenta y lo seguía haciendo. También pensábamos que lo que quería era atención por nuestra parte.

Era una situación que se volvió desesperante. Ya no sabíamos qué ocurría, si era que nosotros no lo hacíamos bien, y esto nos desesperaba aún más. La situación en casa era como si los nervios nos hubieran atacado a todos, cuando nunca había sido así.

Entonces fue cuando decidimos hacer un estudio completo en un psicólogo privado, sobre el que nos informamos y consideramos que era el más adecuado para el caso. Aunque nunca sabes si lo estás haciendo bien o es que la situación te hace imaginar algo que no es. Pero no; a Víctor le diagnosticaron un trastorno de déficit de atención combinado con impulsividad y nos comunicaron que, probablemente, lo tendríamos que medicar.

Nos remitieron a una doctora neuropediatra, quien le hizo un estudio y determinó su medicación. Nos dijo que, junto con la ayuda de psicólogos y logopedas, esta medicación le ayudaría mucho en su aprendizaje. También nos enteramos de que, durante el embarazo, Víctor sufrió una isquemia, o sea, en palabras técnicas, una lesión hipóxico-isquémica prenatal (infarto isquémico y alteración de la sustancia blanca cerebral). Esto le ocasionaba un déficit de atención con hiperactividad de tipo combinado con un trastorno de tics. También tenía hipermetropía.

Para nosotros fue un mundo. Nos quedamos como atontados. Pasados unos días reaccionamos y pensamos si no se habrían equivocado. Si nuestro hijo es normal, si hay niños peores que él; si, en realidad, que un niño se mueva y no se esté quieto es normal. Sería que nosotros habíamos llevado la situación demasiado lejos, o que los nerviosos éramos nosotros y se lo habíamos transmitido a él.

Todo eran preguntas. Nos preparamos bien todas las dudas y, en la siguiente consulta, nos las respondieron. Aún así, consultamos con nuestra pediatra, en la que tenemos mucha confianza, porque necesitábamos que nos dijera que los pasos habían sido los correctos. Hasta que vas confiando y concienciándote, hasta que crees que estás haciendo lo mejor que puedes...

A todo esto, en poco tiempo empezamos a ver resultados con Víctor. Casi había más pautas para nosotros que para él. Pero ver que todo esto merece la pena, ver a tu hijo más tranquilo, disfrutando de sus cosas y que no te diga “mamá, no sé lo que me pasa, pero es como si quisiera salir de un embrollo y no puedo. Yo quiero, pero no sé”.

Ahora sigue teniendo sus miedos, como la mayoría de los niños de su edad, y sus pequeñas manías, pero vemos que es algo normal.

Lo que quizá llevemos un poco peor es que la medicación tiene unos efectos secundarios. Conforme va pasando el día, en vez de notarse más cansado, se nota que empieza a estar más movidito y que dormir le cuesta muchísimo. Pero creemos y tenemos la esperanza de que esto será temporal y que, con el tiempo, poco a poco, él mismo se irá controlando. Él sabe desde el principio, por su propia madurez, para qué han sido las pruebas, las terapias y por qué.

Por puntualizar y acabar ya: lo que antes era un niño movido e inquieto, ahora es un “hiperactivo”. Su papá, cuando era niño, era súper inquieto y muy movido, y siempre estaba haciendo trastadas. Es posible que los genes estén ahí.

Yo, en la poca experiencia que llevo con este tema, creo que, hoy por hoy y por mañana, éste va a ser un trastorno muy generalizado y que no nos queremos dar cuenta que está ahí.