Phen375 Límites y normas en la educación de los hijos | FAMIPED

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Revista electrónica de información para padres de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap)

Límites y normas en la educación de los hijos

Gloria Pastor Blanco. Profesora de Secundaria.
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“El que es bueno en la familia, es también buen ciudadano” (Sófocles S. V. a. C.)

La educación para ser padres no tiene un aprendizaje reglado. Los padres deben formarse y conocer los principios educativos más adecuados para educar a sus hijos. Todavía no se ha definido, de manera clara, un modelo educativo que dé respuesta a cómo educar. Por eso, los padres y las madres viven cierta desorientación y, con alguna frecuencia, se balancean entre aspectos educativos contradictorios, pudiendo pasar de gritar o amenazar para que su hijo/a realice una tarea, a acabar haciéndosela ellos.

Es importante enseñar a las personas a ser padres y madres. El solo instinto no vale, la intuición no siempre acierta y la voluntad, a veces, deja mucho que desear. La función educadora de padres no es algo que pueda ejercerse de modo indirecto, en algún ratito suelto, sino que se aposenta sobre otras acciones y funciones. Los padres son los verdaderos responsables de la educación de sus hijos, no pudiendo ser delegada esta misión en los demás, por muy buenos y competentes que los otros parezcan. El objetivo fundamental que tienen los padres es el de formarse y prepararse para poder educar a sus hijos en un entorno como el presente, más desafiante y con mayor cantidad de problemas que el mundo donde se desenvolvieron ellos cuando eran hijos.

Para educar se ha de tener presente que el valor de conseguir el objetivo debe ser muy superior al valor de cumplir la consecuencia. En lugar de censurar a sus hijos (“esto no se dice”, “eso no se hace”, “aquello está muy mal”), han de acostumbrarse a felicitarles por las cosas bien hechas (aunque sea su obligación), por cualquier avance en su forma de comportarse, aunque haya sido pequeño, por el esfuerzo realizado, por tener un detalle con otra persona, etc.

Se debe aplicar la autoridad con los hijos y hacerles entender que el ejercicio de autoridad es por su bien. Seguro que, muchas veces, los hijos no lo entenderán y se enfadarán con sus padres, pero, aún así, no deben ceder. Los padres deben hacer ver a sus hijos que cumplir sus compromisos les ayuda a crecer y a formarse como personas.

Se deben establecer normas de convivencia que sean mínimos innegociables, pero no debe bastar con sólo la imposición de las normas; el seguimiento y control de las mismas es fundamental. Deben explicar a sus hijos la finalidad e importancia de cumplirlas. Tan importante es establecerlas como controlar su cumplimiento, y ahí es donde fallan muchos padres, ya que el seguimiento implica una larga y constante exigencia a ellos mismos sobre los hijos. Este principio de continuidad implica que no pueden hacer un día “la vista gorda” y otro día sancionar, o exigir una cosa el padre y la madre la contraria. Si se hace esto, en primer lugar, estarán “amaestrando” a su hijo/a, pero no educándolo. Con la edad, habrán de ir cambiando estas normas, dado que el objetivo es que los hijos tengan su propio autocontrol.

La vida social está llena de normas. Se puede afirmar, sin temor a equivocarnos, que el proceso de socialización, de saber estar en un grupo, de saber convivir en cualquier ámbito es un proceso que consiste en asumir en primera instancia una adecuada convivencia familiar para, así, aceptar las pautas sociales y culturales de donde nos encontremos. Estas pautas son, básicamente, normas. Sin normas, no es posible que haya socialización y, por lo tanto, educación.

El cumplimiento de las normas ayudará a los hijos en al aprendizaje de la responsabilidad. Los padres deben esforzarse en que las normas sean pocas, útiles y expresadas de forma clara, con un lenguaje sencillo y cercano. Cuando se fije una norma, han de atenerse a su punto de vista como padres, pero propiciando con los hijos su opinión, enseñándoles a que sean capaces de expresarse de forma serena. Los niños criados sin normas carecen de referentes para organizar su propia vida. Acostumbrados a hacer su santa voluntad, se sorprenden cuando alguien les plantea una exigencia, un esfuerzo o una obligación Estos chicos terminan convirtiéndose en tiranos, primero con su familia, después en el colegio y, por último, en los grupos sociales en los que pretendan formar parte. Los niños sobreprotegidos y con poca disciplina pueden tener también dificultades más tarde. Tanto la carencia de control como la falta de acuerdo entre los padres producirán un hijo carente de pasos y medidas, un hijo caprichoso, carente de autonomía, sin autoestima y sin sentido de la responsabilidad; en definitiva, un infeliz.

Educar desde los primeros años en la comodidad y la indolencia es un riesgo para convivir en un mundo competitivo. La ausencia de normas suele llevar al desastre. Cuando el niño no adquiere, ni interioriza, las normas ni los límites en la familia y en el colegio, se encontrará con el grave problema que el mundo después acabará imponiéndoselos.

El establecimiento de las normas nos supondrá con frecuencia que debamos negociar muchos temas con nuestros hijos, especialmente las normas de convivencia, pero también tendremos que ser capaces de decir “no”, de marcar límites. Los hijos deben aprender que, si no se respetan los límites, será peor para él y para los que le rodean. El hijo que no respeta límites en casa, tampoco los respeta fuera de la misma y esto tendrá consecuencias negativas para su sociabilidad, reflejándose fundamentalmente en la escuela y en las relaciones de su grupo de iguales. Los hijos buscan los límites y los necesitan pero, además, tienen que comprobar la solidez de cada uno. Si los padres se muestran blandos o no mantienen una constancia, están invalidando los límites; de esta forma se garantiza que su hijo continuará “peleando” con sus padres y, por ende, con el resto del mundo, hasta que encuentre un límite definido y estable que le ofrezca seguridad.