Phen375 Sobre la gratitud | FAMIPED

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Revista electrónica de información para padres de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap)

Sobre la gratitud

Ángeles del Castillo Aguas. Escritora
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En esta ocasión, mi reflexión gira en torno a una palabra muy habitual, que todos utilizamos o deberíamos utilizar con más conciencia de su profundo significado: “gracias”.

La palabra “gracia” proviene del término latino gratia, cuyo significado es “favor”, “simpatía”, “estima”. Pero tengo la sensación de que hemos vaciado esta palabra de contenido para convertirla en un mero formulismo social. Sin embargo, el hecho de dar las gracias es algo más que una cuestión de educación.

Un minuto de reflexión sobre su sentido nos ayudará a reencontrarnos con su verdadero significado, con lo que tiene de profundo y humano. Cuando damos las gracias por algo —no importa si ese algo es un enorme favor o si es un sencillo gesto—, estamos comunicando a la otra persona muchas cosas, muchos sentimientos: que nos ha ayudado en alguna tarea, que nos ha guiado en determinado sentido, pero, sobre todo, que nos ha dedicado parte de lo más valioso que tenemos en nuestra vida y que es imposible recuperar: nos ha regalado su tiempo, nos ha dedicado unos segundos, unos minutos, de su vida.

El aprendizaje de los niños parte de la observación e imitación de todo lo que tienen a su alrededor, y, obviamente, sus modelos más cercanos son sus padres. Recuerdo que de niña me gustaba salir con mi madre, las dos solas, no importaba adónde: a comprar, al banco o incluso a vacunarme. He de decir que, en mi caso, esto era una suerte, porque tenía que conseguir que mis otros seis hermanos no quisieran acompañarnos. Yo sentía que mi madre era especial, era la mejor madre del mundo y, en esos días en que íbamos las dos solas, tenía la suerte de que fuera solo mía; era como un sueño del que no quería despertar. Mi madre hacía entonces (y, por supuesto, sigue haciendo) algo que me encantaba: siempre agradecía cualquier atención con una palabra que a mí me parecía muy dulce: “gracias”, a la que siempre arropaba con una amable sonrisa. Definitivamente, quería ser como mi madre, de modo que comencé a imitarla y a utilizar aquella preciosa palabra, “gracias”, siempre que tuviera ocasión. A día de hoy sigo utilizándola a diario cuantas veces puedo y he observado que mis hijos, sin yo aleccionarlos lo más mínimo, la emplean habitualmente con naturalidad y siempre, siempre, acompañada de una sonrisa.

Al hilo de mi recuerdo de la infancia, me detendré ahora en la manida… ¿pregunta?, ¿amenaza?, ¿prueba de educación? que se hace al niño cuando en la tienda le han dado una piruleta: “¿Qué se dice?”. En mi opinión, a veces es una pregunta trampa y con un enfoque desafortunado. En algunas ocasiones, el niño, tal vez por rebeldía, se niega a pronunciar esa palabra en que tan machaconamente los adultos insisten, “gracias”, y, si la dice, en su interior el niño está pensando: “Venga, papá, la voy a decir pero solo para que me dejes tranquilo, que eres muy pesado”. Y de sus labios salen los sonidos que conforman esa palabra, pero está vacía de contenido. Hemos fracasado: el niño no comprende lo que es la gratitud.

Podemos sermonear a nuestros hijos y recordarles que son muy afortunados y que tienen que dar las gracias por muchos motivos: viven en un mundo civilizado, tienen una casa y comida caliente todos días, tienen su familia, disfrutan de sus amigos, pueden ir al colegio, juegan en el parque, tienen millones de juguetes, libros, etc. Pero lo más probable es que a los diez segundos ya no nos presten atención y estén deseando irse a jugar: esas cosas que papá y mamá les dicen sobre los niños de África no son reales, solo pasan en la tele.

Tal vez sería interesante intentar explicar a nuestros hijos todo lo que esa sencilla palabra lleva implícito, pero llevándolo a la práctica. Hagamos el experimento: vamos a entrar en una tienda y a comprar algo. Cuando paguemos y el dependiente nos dé el cambio, le agradeceremos su atención con un sencillo “muchas gracias” acompañado de una sonrisa. Cuando salgamos de la tienda le explicaremos a nuestro hijo por qué le hemos dado las gracias a “ese señor” al que no conocemos de nada: porque nos ha dado los buenos días, porque nos ha atendido amablemente, porque nos ha ayudado a decidirnos en nuestra compra, porque nos ha dedicado su tiempo y nos ha agradecido que compremos en su tienda porque así él podrá mantener su casa y a su familia. En un momento haremos comprender a nuestro hijo que esa machacona y automática fórmula de cortesía tiene más profundidad y sentido de lo que parece.

Y, cuando lleguemos a casa, le agradeceremos a nuestro hijo el hecho de habernos acompañado a la tienda, habernos entretenido con esa historia del cole que le pasó en el patio, habernos abierto la puerta de casa porque íbamos muy cargados o, sencillamente, habernos hecho reír con esa palabra con la que siempre se le traba la lengua.

En fin, solo unas palabras para terminar esta breve reflexión personal: muchas gracias por haber dedicado unos minutos de tu preciado tiempo a leer estas líneas.